Los siete dones del Espíritu Santo



El Espíritu Santo es la tercera persona de la Santísima Trinidad, Jesús nos lo envió por primera vez durante la fiesta de Pentecostés, después de su ascención a los cielos, durante una oración en la que estaban reunidos los apóstoles y María (Hechos 2, 1-40).
Hoy en día celebramos esta fiesta 50 días después del Domingo de Resurrección.
Es por medio del Espíritu Santo que recibimos todas las gracias y dones que necesitamos para cumplir nuestra misión de ser santos, es nuestro amigo, guía y ayudador en este mundo. El Espíritu Santo nos es dado por primera vez en el bautismo.

El Espíritu de Luz, de Fuerza y de Amor, con sus siete dones ilumina la mente, fortalece la voluntad e inflama el corazón con el amor de Dios, conócelos!











Este don nos llena con un soberano respeto por Dios, y nos hace que a nada temamos más que a ofenderlo por el pecado. Es un temor de ofender a Dios, gracias a este don humildemente reconocemos nuestra debilidad y nos ayuda a apartarnos de los placeres mundanos, que podrían de algún modo separarnos de Dios.
“Los que temen al Señor tienen corazón dispuesto, y en su presencia se humillan.” (Ecle. 2,17).


El don de Piedad suscita en nuestros corazones una filial afección por Dios como nuestro amorosísimo Padre. Nos inspira, por amor a Él, a amar y respetar a las personas y cosas a Él consagradas, así como aquellos que están envestidos con su autoridad, su santísima Madre y los santos, la Iglesia y su cabeza visible el Papa, los sacerdotes, nuestros padres y superiores, nuestro país y sus gobernantes.
Quien está lleno del don de Piedad no encuentra la práctica de la religión como deber pesado sino como deleitante servicio.


La Sabiduría es el más perfecto de los dones. Fortalece nuestra fe, fortifica la esperanza, perfecciona la caridad y promueve la práctica de la virtud en el más alto grado. La Sabiduría ilumina la mente para discernir y apreciar las cosas de Dios, ante las cuales los gozos de la tierra pierden su sabor, mientras la Cruz de Cristo produce una divina dulzura, de acuerdo a las palabras del Salvador:
“Toma tu cruz y sígueme, porque mi yugo es dulce y mi carga ligera”.



El don de Consejo dota al alma de prudencia sobrenatural, permitiéndole juzgar con prontitud y correctamente qué debe hacer, especialmente en circunstancias difíciles.
Ilumina la conciencia en las opciones que la vida diaria le impone, sugiriéndole lo que es lícito, lo que corresponde, lo que conviene más al alma.
“Y por encima de todo esto, suplica al Altísimo para que enderece tu camino en la verdad” (Ecl. 37,15).




El Entendimiento, nos ayuda a aferrar el significado de las verdades de nuestra santa religión. Por la fe las conocemos, pero por el entendimiento aprendemos a apreciarlas y a apetecerlas. Nos permite penetrar el profundo significado de las verdades reveladas y, a través de ellas, avivar la novedad de la vida. Nuestra fe deja de ser estéril e inactiva e inspira un modo de vida que da elocuente testimonio de la fe que hay en nosotros.
Comenzamos a “caminar dignos de Dios en todas las cosas complaciendo y creciendo en el conocimiento de Dios”.



El don del Conocimiento o Ciencia permite al alma darle a las cosas creadas su verdadero valor en su relación con Dios. El conocimiento desenmascara la simulación de las criaturas, revela su vaciedad y hace notar sus verdaderos propósitos como instrumentos al servicio de Dios. Nos muestra el cuidado amoroso de Dios aún en la adversidad, y nos lleva a glorificarlo en cada circunstancia de la vida. Guiados por su luz damos prioridad a las cosas que deben tenerla y apreciamos la amistad de Dios por encima de todo.
“El conocimiento es fuente de vida para aquel que lo posee” (Prov. 16,22).



Por el don de Fortaleza el alma se fortalece ante el miedo natural y soporta hasta el final el desempeño de una obligación. La fortaleza le imparte a la voluntad un impulso y energía que la mueve a llevar a cabo, sin dudarlo, las tareas más arduas, a enfrentar los peligros, a estar por encima del respeto humano, y a soportar sin quejarse el lento martirio de la tribulación aún de toda una vida. Para obrar valerosamente lo que Dios quiere de nosotros, y sobrellevar las contrariedades de la vida.
“El que persevere hasta el fin, ese se salvará”
(Mt. 24,13).